
Decir que entre Rusia y España hay más en común que la a y la s, sería decir demasiado.
El viaje a Rusia ha sido extraño. Los 3500 km de distancia se recorren en un vuelo de 5 horas, pero es imposible calibrar la distancia a la que rusos y españoles nos encontramos en cuanto a formas de ser, de actuar, de comer, de tratar a las personas, de acoger y de querer.
Lo cierto es que el viaje ha sido una odisea desde mucho antes de pisar suelo ruso: visados, vuelos incompatibles, hoteles caros, congreso desorganizado...
Charo vino a Cartagena unos días antes y, después de mucho tiempo, tuve la oportunidad de enseñarle la ciudad.
Juntos, pudimos cargar las pilas en la playa en previsión de lo que se avecinaba que se preveía de antología.
Aunque Moscú suena a frío, nada parecido fue lo que nos encontramos a la llegada. Un Sol de verano nos hizo pensar que la ropa de invierno que llenaba nuestras maletas nos serviría de más bien poco.
A la salida de la terminal, cientos de taxistas desesperados rondaban a los desorientados viajeros en busca de la presa fácil. Nosotros, cómo no, caímos en la trampa: 2800 rublos (unos 70 euros) por el trayecto hacia el hotel -unos 70 km... 1 euro por km...).
A la llegada al hotel presentamos nuestra reserva y la chica nos mandó a una habitación en el piso 19, no sin antes comentarnos que debíamos pedir un papel en noséqué despacho de la planta baja (la Registration), cosa que hicimos al día siguiente.
La habitación del piso 19 estaba bastante bien -claro que también habíamos pagado lo suyo-, pero diez minutos tardó en sonar el teléfono: Problem, problem, problem...reception, reception... Nosotros nos asustamos... ¿ein? ¿problem?... así que bajamos a la recepción y preguntamos lo que había pasado y nos informaron de que teníamos que cambiar de habitación... ¿ein? ¿problem?... no entendimos nada, pero nos tocó subir, recoger todas las cosas que ya habíamos organizado, rehacer las maletas y plantarnos en la habitación 1003, una habitación mucho más modesta en la planta número 10. Qué cabreo...
La habitación olía mal, olía a moqueta vieja, a rancio, a polvo, pero en fin... qué podíamos hacer... cuando uno no habla ruso y los demás no hablan inglés, pocas cosas se pueden hacer. Así que la habitación 1003... qué horror. Y sin persianas, no había persianas para alargar un poco las 4 horas de oscuridad de cada noche, así que Charo abría los ojos bien temprano, por lo visto los párpados se le transparentaban y la luz la despertaba a las 5 de la mañana.
El primer día fuimos a la sede del congreso: la facultad de Petróleo y Gas... suponemos que sería algo así como una facultad de ingeniería. El camino se hizo interminable: bus+metro+bus=45 minutos. Así que una habitación pestilenta a 45 minutos del congreso... íbamos de mal en peor.
Hicimos nuestro registro en el congreso e intentamos solucionar uno de los primeros problemas que se nos habían presentado: nuestra charla la habían cambiado de día y Franco Pellerey, nuestro compañero italiano que iba a darla, no llegaba hasta un día después. Finalmente la charla la colocaron el viernes a última hora...
Allí mismo nos encontramos otra sorpresa, los rusos habían decidido que los idiomas oficiales eran el ruso y el inglés, así que muchas de las charlas no las entendíamos. Yo, por ejemplo, me salí de una charla que empezaron a hablar en ruso y no tengo interés en aprender ese idioma.
Nos quedamos a comer allí: qué horror de comida. No encuentro palabras para describirlo. Las cantinas en las universidades en España no suelen ser muy allá, pero las comparaciones son odiosas, no os podéis imaginar cómo son en Rusia. No comí prácticamente nada, ahí empezó mi dieta semanal.
La plaza Roja es roja sólo por un lado y parte de otro. Es un gran rectángulo que rezuma poderío por los cuatro costados. El Kremlin, el Museo de Historia, los grandes almacenes GUM, el mausoleo de Lenin y la joya de la corona: la catedral de San Basilio coronada por sus nueve cupulillas a modo de golosinas... jummmm...
Es una plaza sobrecogedora que aún transmite ese aire de antigua elegancia y sobriedad. Aunque la catedral de sobrio tiene poco, verla aparecer desde lejos con las cúpulas de sus ocho iglesias reunidas bajo la piña central en la cual reposan los restos de San Basilio es un espectáculo para la vista. Los diferentes colores se "espiralizan" e impregnan el edificio de una fantasía casi infantil.
El Kremlin es un edificio rojo, rojo, más rojo que la plaza Roja, de murallas altas y almenas extrañas y picudas, signo y baluarte del viejo poder ruso. Encierra varias catedrales e iglesias y unos cuantos palacios y museos. Es allí donde vive el presidente de la República y donde se encuentra el Parlamento ruso.
Las calles que rodean el Kremlin y la plaza Roja son asimismo agradables para pasear.
Las rusas usan tacones tacones. Pero no tacones, sino tacones tacones. Es casi un espectáculo callejero comprobar la capacidad circense que tienen para mantenerse erguidas a semejantes altura. Son guapas, eso sí, y tratan de ir siempre muy arregladas. Los chicos, sin embargo, flirtean con la suciedad y los malos olores.
Decir que entre Rusia y España hay más en común que la a y la s, sería decir demasiado. Mientras que en España tenemos la costumbre de tratar bien a los visitantes, en Rusia no tienen ganas de acoger a nadie. Todas las trabas en cuanto al visado antes de llegar allí, se materializan en la forma de ser de la gente. No quieren, no necesitan que nadie venga de fuera a molestarlos. Parecería que los turistas son un incordio. Son maleducados y desagradables. Esto es lo que más me ha molestado del país. Son las personas las que hacemos los destinos y estas personas hacen que el destino Rusia sea un lugar desapacible y desencantado.
Fuimos también a Serguiev Posad, un pueblo a unos cuantos km de Moscú donde se encuentra uno de los lugares santos para los rusos: el monasterio de San Sergio. Allí están sus restos y allí se respira un aire menos condensado que el moscovita rodeado de naturaleza y unos cuantos turistas que deambulamos por allí a la caza y captura de algún sentimiento acogedor. Es bonito, sí. Pero si alguna vez vais, recordad que debéis coger un autobús, el autobús número 388. Coger el tren es una experiencia incómoda. Numerosos vendedores (pañuelos, cuchillos, bolsos...) van vagón tras vagón publicitando sus productos ante la atenta mirada de los viajeros. Os aseguro que no es agradable ver cómo el vendedor de cuchillos comprueba, con el chacachá del tren, lo afilados que están cortando una hoja de papel.
El viaje a Rusia ha sido definitivamente extraño. Hemos gastado mucho dinero, hemos hecho un esfuerzo para organizarlo lo mejor posible, hemos presentado un buen trabajo en el congreso, pero no nos lo pusieron fácil. Me llevo de allí una sensación desagradable, nada salió como me hubiera gustado. Nada excepto la compañía, he vuelto a ver a personas que aprecio, e incluso quiero mucho, como Charo o Franco, he compartido un viaje con Félix y Carolina y he recogido algunos pedazos complicados que tenía sueltos por aquellos lugares fríos y lejanos.
Decir que entre Rusia y España hay más en común que la a y la s, sería decir demasiado, pero lo digo con todas las consecuencias y con la quasi-certeza de que la próxima vez -si es que la hay- sólo puede ser mejor.
El viaje a Rusia ha sido extraño. Los 3500 km de distancia se recorren en un vuelo de 5 horas, pero es imposible calibrar la distancia a la que rusos y españoles nos encontramos en cuanto a formas de ser, de actuar, de comer, de tratar a las personas, de acoger y de querer.
Lo cierto es que el viaje ha sido una odisea desde mucho antes de pisar suelo ruso: visados, vuelos incompatibles, hoteles caros, congreso desorganizado...
Charo vino a Cartagena unos días antes y, después de mucho tiempo, tuve la oportunidad de enseñarle la ciudad.
Juntos, pudimos cargar las pilas en la playa en previsión de lo que se avecinaba que se preveía de antología.
Aunque Moscú suena a frío, nada parecido fue lo que nos encontramos a la llegada. Un Sol de verano nos hizo pensar que la ropa de invierno que llenaba nuestras maletas nos serviría de más bien poco.
A la salida de la terminal, cientos de taxistas desesperados rondaban a los desorientados viajeros en busca de la presa fácil. Nosotros, cómo no, caímos en la trampa: 2800 rublos (unos 70 euros) por el trayecto hacia el hotel -unos 70 km... 1 euro por km...).
A la llegada al hotel presentamos nuestra reserva y la chica nos mandó a una habitación en el piso 19, no sin antes comentarnos que debíamos pedir un papel en noséqué despacho de la planta baja (la Registration), cosa que hicimos al día siguiente.
La habitación del piso 19 estaba bastante bien -claro que también habíamos pagado lo suyo-, pero diez minutos tardó en sonar el teléfono: Problem, problem, problem...reception, reception... Nosotros nos asustamos... ¿ein? ¿problem?... así que bajamos a la recepción y preguntamos lo que había pasado y nos informaron de que teníamos que cambiar de habitación... ¿ein? ¿problem?... no entendimos nada, pero nos tocó subir, recoger todas las cosas que ya habíamos organizado, rehacer las maletas y plantarnos en la habitación 1003, una habitación mucho más modesta en la planta número 10. Qué cabreo...
La habitación olía mal, olía a moqueta vieja, a rancio, a polvo, pero en fin... qué podíamos hacer... cuando uno no habla ruso y los demás no hablan inglés, pocas cosas se pueden hacer. Así que la habitación 1003... qué horror. Y sin persianas, no había persianas para alargar un poco las 4 horas de oscuridad de cada noche, así que Charo abría los ojos bien temprano, por lo visto los párpados se le transparentaban y la luz la despertaba a las 5 de la mañana.
El primer día fuimos a la sede del congreso: la facultad de Petróleo y Gas... suponemos que sería algo así como una facultad de ingeniería. El camino se hizo interminable: bus+metro+bus=45 minutos. Así que una habitación pestilenta a 45 minutos del congreso... íbamos de mal en peor.
Hicimos nuestro registro en el congreso e intentamos solucionar uno de los primeros problemas que se nos habían presentado: nuestra charla la habían cambiado de día y Franco Pellerey, nuestro compañero italiano que iba a darla, no llegaba hasta un día después. Finalmente la charla la colocaron el viernes a última hora...
Allí mismo nos encontramos otra sorpresa, los rusos habían decidido que los idiomas oficiales eran el ruso y el inglés, así que muchas de las charlas no las entendíamos. Yo, por ejemplo, me salí de una charla que empezaron a hablar en ruso y no tengo interés en aprender ese idioma.
Nos quedamos a comer allí: qué horror de comida. No encuentro palabras para describirlo. Las cantinas en las universidades en España no suelen ser muy allá, pero las comparaciones son odiosas, no os podéis imaginar cómo son en Rusia. No comí prácticamente nada, ahí empezó mi dieta semanal.
La plaza Roja es roja sólo por un lado y parte de otro. Es un gran rectángulo que rezuma poderío por los cuatro costados. El Kremlin, el Museo de Historia, los grandes almacenes GUM, el mausoleo de Lenin y la joya de la corona: la catedral de San Basilio coronada por sus nueve cupulillas a modo de golosinas... jummmm...
Es una plaza sobrecogedora que aún transmite ese aire de antigua elegancia y sobriedad. Aunque la catedral de sobrio tiene poco, verla aparecer desde lejos con las cúpulas de sus ocho iglesias reunidas bajo la piña central en la cual reposan los restos de San Basilio es un espectáculo para la vista. Los diferentes colores se "espiralizan" e impregnan el edificio de una fantasía casi infantil.
El Kremlin es un edificio rojo, rojo, más rojo que la plaza Roja, de murallas altas y almenas extrañas y picudas, signo y baluarte del viejo poder ruso. Encierra varias catedrales e iglesias y unos cuantos palacios y museos. Es allí donde vive el presidente de la República y donde se encuentra el Parlamento ruso.
Las calles que rodean el Kremlin y la plaza Roja son asimismo agradables para pasear.
Las rusas usan tacones tacones. Pero no tacones, sino tacones tacones. Es casi un espectáculo callejero comprobar la capacidad circense que tienen para mantenerse erguidas a semejantes altura. Son guapas, eso sí, y tratan de ir siempre muy arregladas. Los chicos, sin embargo, flirtean con la suciedad y los malos olores.
Decir que entre Rusia y España hay más en común que la a y la s, sería decir demasiado. Mientras que en España tenemos la costumbre de tratar bien a los visitantes, en Rusia no tienen ganas de acoger a nadie. Todas las trabas en cuanto al visado antes de llegar allí, se materializan en la forma de ser de la gente. No quieren, no necesitan que nadie venga de fuera a molestarlos. Parecería que los turistas son un incordio. Son maleducados y desagradables. Esto es lo que más me ha molestado del país. Son las personas las que hacemos los destinos y estas personas hacen que el destino Rusia sea un lugar desapacible y desencantado.
Fuimos también a Serguiev Posad, un pueblo a unos cuantos km de Moscú donde se encuentra uno de los lugares santos para los rusos: el monasterio de San Sergio. Allí están sus restos y allí se respira un aire menos condensado que el moscovita rodeado de naturaleza y unos cuantos turistas que deambulamos por allí a la caza y captura de algún sentimiento acogedor. Es bonito, sí. Pero si alguna vez vais, recordad que debéis coger un autobús, el autobús número 388. Coger el tren es una experiencia incómoda. Numerosos vendedores (pañuelos, cuchillos, bolsos...) van vagón tras vagón publicitando sus productos ante la atenta mirada de los viajeros. Os aseguro que no es agradable ver cómo el vendedor de cuchillos comprueba, con el chacachá del tren, lo afilados que están cortando una hoja de papel.
El viaje a Rusia ha sido definitivamente extraño. Hemos gastado mucho dinero, hemos hecho un esfuerzo para organizarlo lo mejor posible, hemos presentado un buen trabajo en el congreso, pero no nos lo pusieron fácil. Me llevo de allí una sensación desagradable, nada salió como me hubiera gustado. Nada excepto la compañía, he vuelto a ver a personas que aprecio, e incluso quiero mucho, como Charo o Franco, he compartido un viaje con Félix y Carolina y he recogido algunos pedazos complicados que tenía sueltos por aquellos lugares fríos y lejanos.
Decir que entre Rusia y España hay más en común que la a y la s, sería decir demasiado, pero lo digo con todas las consecuencias y con la quasi-certeza de que la próxima vez -si es que la hay- sólo puede ser mejor.




